Cada vez que un atleta puertorriqueño alcanza una meta, nos llenamos de orgullo. Celebramos su disciplina y repetimos que nuestra isla es tierra de talento. Pero mientras aplaudimos, pocas veces preguntamos cuántos jóvenes se quedaron en el camino porque no tuvieron dónde entrenar, quién los orientara o cómo llegar a una competencia.
El talento existe en todos los pueblos de Puerto Rico. Está en la niña que llega a una cancha, en el muchacho que practica y en quien descubre que puede hacer algo extraordinario. Lo que cambia de un lugar a otro son las oportunidades para desarrollarlo.
Hablar del futuro del deporte exige mirar más allá de las medallas: el estado de los parques, los entrenadores disponibles, los horarios, el transporte y el dinero que una familia destina a uniformes e inscripciones. También hay que pensar en quien no sueña con ser profesional, pero necesita un lugar donde jugar, hacer amistades y sentirse parte de su comunidad.
Los jóvenes necesitan tiempo libre para descansar y crear. El ocio no conduce a la delincuencia. Lo preocupante es que, cuando termina el día escolar, muchos no encuentren actividades accesibles ni adultos que puedan acompañarlos. En vez de preguntar qué hacen en esas horas, deberíamos preguntarnos qué oportunidades les hemos ofrecido.
Conviene ser cuidadosos con las promesas. Una revisión de 51 estudios, con más de 132,000 adolescentes, no encontró que practicar deporte, por sí solo, estuviera asociado con menos delincuencia juvenil. Esa conclusión nos obliga a mirar la calidad de las experiencias: una cancha abierta importa; un programa constante y conectado con las familias puede aportar más.
Otra revisión examinó programas deportivos diseñados para prevenir conductas delictivas. Sus participantes mostraron mejores resultados en medidas que incluían agresividad, comportamiento antisocial y reincidencia. Los investigadores advirtieron que hace falta evidencia más sólida. La enseñanza es que importa quién entrena, cómo se manejan los conflictos y qué respaldo encuentra el joven fuera de la cancha.
El deporte puede ser una vitamina para la salud mental. Moverse, compartir y trabajar hacia una meta ofrece bienestar en medio de las presiones que viven niños y adolescentes.
También debemos pensar en la escuela. Un estudio longitudinal de Quebec siguió a 1,467 niñas y niños y encontró que la participación deportiva constante se relacionaba con mejores indicadores académicos y menor riesgo de abandono escolar en la adolescencia. No prueba que pertenecer a un equipo impida dejar los estudios. Sí ofrece una razón para que escuelas y programas comunitarios trabajen juntos.
Islandia ofrece otra lección. Entre 1997 y 2014, el porcentaje de estudiantes encuestados que reportó haberse embriagado durante el mes anterior bajó de 29.6 % a 3.6 %. En ese período se fortalecieron medidas de prevención relacionadas con la participación familiar y el deporte organizado. No podemos atribuir toda la reducción al deporte, ni presentarla como una disminución del crimen. El dato muestra el valor de sostener esfuerzos entre familias, escuelas y comunidades durante años.
Puerto Rico necesita esa constancia. Los municipios tienen responsabilidades que comienzan antes de inaugurar una instalación. Deben conocer el estado de sus canchas y parques, mantenerlos seguros y procurar que abran en horarios útiles. Una cancha pintada sirve de poco si luego permanece cerrada, carece de iluminación o vuelve a deteriorarse.
También deben escuchar a quienes usan esos espacios. Las familias saben cuánto cuesta trasladarse; los entrenadores conocen las necesidades de sus equipos; los jóvenes pueden decirnos qué quieren practicar. Esa información debe orientar las inversiones. Cada municipio debería explicar cuáles instalaciones funcionan, cuáles esperan reparación y qué programas estarán disponibles durante todo el año.
El gobierno central tiene la responsabilidad de mirar el país completo: identificar comunidades con menos acceso, coordinar deporte, educación y salud, y apoyar la formación de entrenadores capaces de trabajar con jóvenes de distintas necesidades. Reconstruir una instalación importa. Garantizar mantenimiento, personal y actividades después de abrirla también.
Nada de esto resta mérito a padres, madres, entrenadores y voluntarios. Muchas familias hacen sacrificios para que sus hijos continúen.
Debemos medir los resultados más allá del marcador. ¿Cuántos jóvenes participan? ¿Quiénes quedan fuera por costos o distancia? ¿Cuántos pueden continuar de un año a otro? ¿Encuentran las niñas las mismas oportunidades? Sin esas respuestas, una inauguración puede parecer un éxito aunque el programa desaparezca meses después.
Si mejora el deporte, puede mejorar el país: en salud, convivencia, pertenencia y oportunidades. Esa posibilidad requiere trabajo sostenido, recursos bien utilizados y funcionarios que rindan cuentas. Puerto Rico tiene razones para sentirse orgulloso de sus atletas. Ahora nos corresponde abrirles camino a quienes todavía no conocemos. Su futuro empieza en cada pueblo, cuando encuentran un espacio disponible y alguien dispuesto a creer en ellos.




